Las cinco llegaron al amanecer.Neferet las vio desde la ventana alta de sus aposentos: cinco figuras envueltas en mantos de lino ordinario, sin joyas ni insignias de rango, guiadas por un sirviente del palacio que caminaba dos pasos adelante como si quisiera distanciarse de ellas. Las jóvenes se movían en grupo cerrado, hombro con hombro, con esa clase de solidaridad instintiva que desarrollan las personas que saben que han entrado a territorio hostil.Así es como yo llegué, pensó Neferet. Con exactamente esa misma forma de caminar.Satiah dormitaba en la silla junto a la puerta, la cabeza inclinada sobre el pecho con la serenidad de quien ha aprendido a descansar en cualquier circunstancia. Neferet no la despertó. Se vistió sola, eligiendo con cuidado: una túnica de lino blanco con orillo dorado, la diadema más sencilla de su joyero, las sandalias de cuero sin adornos. Suficiente para recordarle a
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