La mañana llegó con el peso específico de las cosas que no podían deshacerse.Neferet había dormido poco y mal, con el sueño fragmentado de quien repasa mentalmente cada error del día anterior buscando el momento exacto en que todo comenzó a desmoronarse. La luz del amanecer se filtraba por las celosías de piedra caliza en franjas doradas que cruzaban el lino de su cama, y ella las observó durante un tiempo indeterminado antes de levantarse, porque levantarse significaba que el día comenzaba, y el día comenzaba con el problema de los documentos.Se los había llevado Satiah la noche anterior, doblados con la discreción de quien transporta veneno: tres rollos de papiro con los sellos del consejo, fechados en el mes anterior a su matrimonio, que establecían la deuda de su familia con términos que la nueva ley de Amenhotep debería haber anulado. Debería. Pero alguien había tenido el cuidado de fecharlos antes de que la ley existiera, lo cual los hacía, técnicamente, irrefutables.Alguien
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