Juliette—Entonces destrúyenos —susurré contra sus labios, desafiando al destino.No esperé su respuesta. Me alcé sobre las puntas de mis pies y sellé mi boca con la suya.Esta vez no hubo choque. No hubo violencia. Hubo una rendición absoluta.Seth soltó un gemido que vibró en su garganta y sus brazos me envolvieron, no para inmovilizarme, sino para sostenerme. El beso fue lento, profundo, con sabor a vino tinto y a una añoranza de cinco años. Sus labios se movían sobre los míos con una reverencia que me hizo temblar, pidiendo permiso para entrar, para redescubrirme.Me levantó en brazos y yo rodeé su cintura con mis piernas, enterrando mis manos en su cabello oscuro. Me llevó hacia la cama con dosel, caminando entre el mar de pétalos rojos que crujían bajo sus pasos.Nos depositó sobre el colchón con una delicadeza infinita.—Sei la mia rovina —murmuró en italiano, apartándome el pelo de la cara con dedos temblorosos—. Eres mi ruina, Juliette.—Soy tuya, Seth —respondí, y por primer
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