CAPÍTULO 35. Los peores enemigosAthena no había querido escuchar. O, mejor dicho, había fingido no hacerlo. El apellido Wolf le había tensado los hombros desde el primer momento, porque ya no creía en las casualidades. No después de todo lo que le estaba pasando.Estaba sentada de espaldas a aquel hombre, así que no podía ver su cara; con una taza de café que ya se había enfriado hacía rato, pero sin perder ni una palabra cuando su tono empezó a subir de volumen, cargada de ese tono agrio de quien habla más para desahogarse que para ser entendido.—Para cuando Wolf se dé cuenta de que los puertos no eran míos para venderlos —decía con una risa breve y sin humor—, yo ya voy a estar en Bali, asoleándome como Dios manda. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, como si la idea le diera un placer anticipado—. Pero primero hay que cerrar esto, claro. ¡Necesito cerrar este maldito negocio ya! Porque si no, no le gano nada al negocio de la familia. ¡Nada! ¡Demonios, no
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