CAPÍTULO 37. Lo peor de un asesino
CAPÍTULO 37. Lo peor de un asesino
Cassian le sujetó la barbilla con brusquedad, y aquellos dedos firmes se clavaron en su piel como si necesitara comprobar que era real, que estaba ahí y no era una ilusión peligrosa. Athena soltó un jadeo ahogado, sorprendida más por el gesto que por la fuerza, y sus manos se elevaron por reflejo, sin atreverse a tocarlo.
—¿En qué momento te equivocaste tanto —le dijo él, con la voz baja pero cargada de furia contenida— como para pensar que esa información era una ventaja para ti?
Athena sintió que el pulso se le disparaba. El corazón le golpeaba tan fuerte que le costaba respirar con normalidad. No había calculado aquello. No había medido el miedo en sus propios ojos ni la manera en que su cuerpo entero parecía tensarse, como un animal acorralado.
—Cassian… —susurró, con la voz quebrada—. No es una ventaja. Yo no… no se lo diré a nadie. ¡Te lo juro!
Él apretó la mandíbula y durante un segundo pareció debatirse consigo mismo, como si estuviera decidi