CAPÍTULO 34. Sentimientos reprimidos
CAPÍTULO 34. Sentimientos reprimidos
Athena miró por la ventana del avión mientras la noche caía poco a poco sobre el ala. Las luces de la cabina estaban bajas y el reflejo del cristal le devolvía una imagen borrosa de sí misma: el rostro cansado, las manos todavía vendadas, los ojos demasiado abiertos para alguien que llevaba días durmiendo mal. Abajo, Copenhague se lucía como una ciudad iluminada y activa, lista para recibir a cualquiera que quisiera visitarla.
—Hacía años que no salía de Alemania —murmuró Athena hablando más para sí misma que con Cassian—. Creo que desde que los negocios de mi padre empezaron a ir mal.
Cassian no levantó la vista de la pantalla del portátil. Tenía una pierna cruzada y los hombros tensos, como si incluso sentado estuviera preparado para reaccionar ante cualquier imprevisto. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, revisando líneas que Athena no podía ver.
—Lo sé —respondió y la muchacha giró la cabeza hacia él. No esperaba esa respuesta t