CAPÍTULO 35. Los peores enemigos
Athena no había querido escuchar. O, mejor dicho, había fingido no hacerlo. El apellido Wolf le había tensado los hombros desde el primer momento, porque ya no creía en las casualidades. No después de todo lo que le estaba pasando.
Estaba sentada de espaldas a aquel hombre, así que no podía ver su cara; con una taza de café que ya se había enfriado hacía rato, pero sin perder ni una palabra cuando su tono empezó a subir de volumen, cargada de ese tono agrio de