CAPÍTULO 32. Una mansa paloma
CAPÍTULO 32. Una mansa paloma
Athena no se negó cuando Cassian le hizo un gesto hacia el baño. No porque estuviera de acuerdo, sino porque ya no tenía fuerzas para discutir ni para oponer resistencia a nada. Se metió en la ducha y dejó que el agua tibia le cayera encima, como si pudiera borrar, aunque fuera por un rato, todo lo que llevaba acumulado en el cuerpo y en la cabeza. Cerró los ojos y apoyó la frente contra los azulejos, respirando hondo, intentando convencerse de que aquello era solo un momento más, uno que pasaría como habían pasado otros.
A fin de cuentas, pensó con una ironía cansada, él ya se había cansado de verla desnuda, y esa certeza le provocaba una mezcla extraña de alivio y vergüenza.
No lo oyó entrar de inmediato, solo lo sintió. El cambio sutil en el aire, la presencia que irradiaba calor a su espalda sin necesidad de tocarla.
Athena contuvo el aliento cuando aquellos brazos la rodearon alcanzando las vendas de sus manos y desatándolas despacio. El contacto del