Emma se sentía nerviosa, sí, aunque no por lo que cualquier persona habría supuesto. No era el evento, ni las cámaras, ni el desfile, ni la lista de ejecutivos que esa noche iban a medirla con la mirada como si fueran jueces de un tribunal invisible. A eso ya estaba acostumbrada. Lo que le tensaba el cuerpo era otra cosa, mucho más simple y por eso más peligrosa. El nombre de su pasado en una pantalla. Emma iba con la espalda recta y el gesto tranquilo, como si fuera una mujer que solo pensaba en cifras y alianzas, pero por dentro tenía el pulso un poco más rápido de lo normal. En la tablet, las marcas americanas desfilaban una tras otra con sus datos resumidos, reputación, alcance, historial de colaboraciones. Ella las leía con atención, subrayando mentalmente nombres, notas, oportunidades, todo lo
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