Durante el desfile de apertura, Emma se obligó a hacer lo único sensato, mirar al frente y admirar cada diseño que avanzaba por la pasarela como si nada más existiera. Las modelos caminaban con esa seguridad que parecía prestada por la música en vivo, y las telas capturaban la luz con una elegancia casi insultante. Había cortes impecables, estructuras que parecían imposibles, bordados tan finos que daban ganas de tocarlos solo para comprobar que eran reales. Emma se aferró a eso, a lo tangible, a lo que podía evaluar sin que le temblara el pulso. Dejó a los Blackwood donde debían estar, fuera de su cabeza. Margaret comentaba en voz baja, con ese ojo crítico que mezclaba gusto y experiencia, señalando detalles que la mayoría no notaría a simple vista. La caída de un blazer, el acabado de una manga, la forma en que una modelo sostenía el mentón para vender un conjunto caro sin parece
Leer más