La música de tango seguía sonando, como si el bar se negara a permitir que un apellido le robara la noche a nadie, y Emma decidió que esta vez iba a hacerle caso a la música, no al pasado.Caleb se acercó más a su lado, todavía con esa postura contenida que se le había activado por instinto, y Emma lo notó sin necesidad de mirarlo, pero ella no había venido a Nueva York para que la cuidaran como a una porcelana rota.—Emma, no tienes por qué seguir soportando a esa niña insolente. Si tú quieres, nos vamos a otro lugar —dijo Caleb en voz baja, y su tono fue tan serio que por un segundo parecía que la discusión era un riesgo real, no un simple show de Bianca.Emma lo miró con una calma que no se forzaba, esa calma que se construye cuando ya lloraste lo suficiente en otras ciudades y decidiste que no te deben una versión frágil de ti.—Caleb, no voy a permitir que nadie nos arruine la noche y mucho menos una Blackwood. Descuida, ¿sí? No voy a perder una noche de tango por una niña malcri
Leer más