Emma no veía la sala, pero la escuchaba demasiado bien. Desde el baño, con la puerta apenas entornada, se obligaba a respirar despacio, como si el aire pudiera ordenar el caos. Tenía la palma apoyada contra el lavabo y la otra cerca del vientre, no como un gesto dramático sino como un reflejo. “Tranquila… tranquila”, se decía, aunque su cuerpo ya había entendido la amenaza antes que su cabeza. Afuera, la palabra “traición” le cayó a Damián como un golpe seco, de esos que no hacen ruido pero te dejan un zumbido adentro, y lo peor fue que no vino de Victoria, ni de un periodista, ni de un enemigo cualquiera. Vino de ahí, de esa oficina que olía a orden, a reputación, a gente que no perdonaba fácil. Su primer reflejo fue el de siempre, el del hombre que vive con el control pegado a la piel, así que quiso hacer lo que siempre ha
Leer más