Sienna tardó apenas unos segundos más en sostenerse antes de venirse abajo por completo. Se cubrió el rostro con ambas manos y se quedó ahí, inmóvil, temblando en silencio, como si ya no supiera qué hacer con tanta información junta, con tanta basura cayéndole encima de golpe, con la certeza insoportable de que su propia familia había dejado heridas por todas partes y, aun así, no había dejado cabos sueltos. O al menos eso creían todos hasta hacía unos minutos, porque la carta que Emma acababa de recibir había abierto una grieta inesperada en medio de tanta oscuridad. Una grieta llena de esperanza. —No saben cuánto lamento todo esto… —murmuró Sienna detrás de sus manos, con la voz rota—. Si yo hubiera sabido desde el principio lo que estaban planeando, les juro que habría buscado la forma de avisarles, de frenarlos, de hacer cualquier cosa. Yo… yo… No pudo
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