Emma no pudo negar que disfrutó cada segundo cocinando con Damián. Era la primera vez que compartían un momento así, algo tan doméstico, tan absurdamente simple, a pesar de todo lo que habían vivido juntos y de los años en los que, se suponía, habían sido una familia sin llegar a serlo de verdad. Quizá por eso aquel rato en la cocina le supo distinto, más íntimo, más valioso. Y a Emma le gustaba esta nueva versión de Damián. Le gustaba verlo más atento, más presente, más paciente. Le gustaba esa forma en la que se implicaba en los pequeños detalles, como si por fin hubiera entendido que el amor no se sostenía solo con intensidad, sino también con constancia. Y, sobre todo, le gustaba que ahora fuera mucho más amoroso de lo que fue en el pasado, no solo con ella, sino con Emmanuel. Marta llegó con el niño recién bañado y, como Emma ya se imaginaba, Emm
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