Julian Harroway despertó en su suite al día siguiente con una resaca punzante y la cabeza latiéndole al ritmo de un tambor tribal. Estaba sudoroso, sin zapatos ni ropa, y el recuerdo de la noche anterior era un vacío fragmentado de rabia y desgracia.Se duchó durante veinte minutos, intentando lavar el hedor a whisky. Tenía un sabor asqueroso en la boca que apenas logró mitigar con la crema dental y el enjuague bucal. Mientras se afeitaba, se preguntó con una angustia creciente que sacudía su pecho: «¿Qué demonios hice anoche?» Recordaba haber bebido demasiado y haber sentido una rabia inmensa contra el mundo, contra Dante, contra Luciano... y contra sí mismo.Al bajar al comedor familiar, se encontró con el abuelo, Karina y Ana sentados a la mesa. Julian intentó proyectar normalidad, enfundado en un traje impecable y con esa sonrisa de con dólares.—Buenos días a todos —saludó Julian, con una sonrisa tensa.El abuelo asintió, concentrado en su periódico. Ana le devolvió la sonrisa, p
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