El aire en la Sala 4B del Centro de Justicia de la Ciudad era una masa pesada y gélida, impregnada con el aroma acre de la cera para madera vieja y el murmullo asfixiante de los asistentes legales.
Karina Harroway permanecía inmóvil en la mesa del demandante. Su traje sastre gris humo, de un corte impecable, la transformaba en una extensión del mármol gélido que revestía el edificio. A su lado, Teo mantenía los brazos cruzados sobre el pecho; de su figura brotaba una energía protectora tan dens