El aire en la Sala 4B del Centro de Justicia de la Ciudad era una masa pesada y gélida, impregnada con el aroma acre de la cera para madera vieja y el murmullo asfixiante de los asistentes legales.
Karina Harroway permanecía inmóvil en la mesa del demandante. Su traje sastre gris humo, de un corte impecable, la transformaba en una extensión del mármol gélido que revestía el edificio. A su lado, Teo mantenía los brazos cruzados sobre el pecho; de su figura brotaba una energía protectora tan densa que los presentes la percibían como una presión física en el pecho.
Junto a ellos, Dante Ashworth distaba mucho de ser el magnate invencible que devoraba las portadas de las revistas financieras. Sus ojos, inyectados en sangre por noches de vigilia, delataban una derrota interna, y que Olivia no le era suficiente. La corbata, a pesar de su nudo perfecto, parecía una soga que le robaba el aliento.
Dante no prestaba atención a los jueces; su mirada permanecía encadenada al perfil de Karina, en u