Para Dante Ashworth, los días sin Karina constituían una tortura lenta y metódica. El silencio de su mansión, la ausencia del perfume cítrico que ella solía dejar en las sábanas y la imagen constante de su sonrisa dirigida a Luciano Stanton lo sumían en un abismo de desesperación del que parecía no poder escapar.
Agotó los recursos del romance tradicional; las flores se marchitaron y las súplicas cayeron en el vacío. Sin embargo, él la conocía mejor que cualquier abogado. Sabía que, tras esa fa