Para Dante Ashworth, los días sin Karina constituían una tortura lenta y metódica. El silencio de su mansión, la ausencia del perfume cítrico que ella solía dejar en las sábanas y la imagen constante de su sonrisa dirigida a Luciano Stanton lo sumían en un abismo de desesperación del que parecía no poder escapar.
Agotó los recursos del romance tradicional; las flores se marchitaron y las súplicas cayeron en el vacío. Sin embargo, él la conocía mejor que cualquier abogado. Sabía que, tras esa fachada de mármol, el fuego que los consumió al principio seguía latente. Esa Karina que parecía no sentir ya nada más por él, no era más que una fachada. Lo que compartieron por un corto periodo de tiempo fue fuego puro, y ese fuego ni un diluvio lo apagaría.
Desesperado, Dante la citó en un terreno neutral. Su voz sonando como un trueno de mando, cargaba con una fatiga agónica. Karina se reunió con él porque Dante le aseguró que era por asuntos del divorcio y que había concluido que se lo daría.