El asedio de Dante Ashworth mutó hacia una estrategia de asfixia silenciosa. Abandonó la fuerza bruta y las amenazas legales para inaugurar una guerra de desgaste emocional, sutil y peligrosa.
El hombre que años atrás solo articulaba conceptos sobre activos y fusiones, ahora saturaba el ambiente con el aroma dulce de las gardenias y las promesas que Karina esperó escuchar durante tres años de soledad absoluta.
En los pasillos del juzgado, bajo la luz artificial que acentuaba las ojeras de los litigantes, Dante ya no buscaba el consejo de sus abogados. Su mirada, ahora despojada de su habitual armadura, rastreaba la silueta de su esposa entre la multitud.
—No tienes que mirarme con ese miedo, Karina —declaró Dante una mañana, interceptándola cerca de los ventanales donde la luz del sol revelaba las motas de polvo en suspensión. Su tono sonó inusualmente suave, carente de la arrogancia que solía definir su existencia—. No soy un monstruo. Solo soy un hombre que tardó demasiado en entend