Karina Harroway se quedó paralizada en el umbral de su habitación, y la seda fría de su camisón contrastaba con la repentina irrupción de la realidad. El olor a whisky rancio era abrumador, flotando como una niebla ácida. Julian, desaliñado y al borde del colapso, la sostenía por los hombros con una fuerza desesperada.
—¡Estoy locamente enamorado de ti, Karina! ¡Siempre lo he estado! ¡Yo te amo! —repitió Julian.
Gotas de sudor brillaban bajo la luz del pasillo. Karina intentó zafarse de su agar