Julian Harroway despertó en su suite al día siguiente con una resaca punzante y la cabeza latiéndole al ritmo de un tambor tribal. Estaba sudoroso, sin zapatos ni ropa, y el recuerdo de la noche anterior era un vacío fragmentado de rabia y desgracia.
Se duchó durante veinte minutos, intentando lavar el hedor a whisky. Tenía un sabor asqueroso en la boca que apenas logró mitigar con la crema dental y el enjuague bucal. Mientras se afeitaba, se preguntó con una angustia creciente que sacudía su p