El estruendo de la puerta al chocar contra la pared fue el despertador más cruel que Karina Harroway experimentó jamás.
Abrió los ojos con una pesadez plomiza, mientras una punzada de náusea recorría su espina dorsal hasta la nuca. Se sintió mareada y desorientada. La luz de la suite era demasiado brillante, como un resplandor agresivo que lastimaba sus pupilas. A su lado, Luciano comenzó a removerse entre las sábanas de seda. Se frotaba las sienes con torpeza, sumido en la misma confusión nebl