El estruendo de la puerta al chocar contra la pared fue el despertador más cruel que Karina Harroway experimentó jamás.
Abrió los ojos con una pesadez plomiza, mientras una punzada de náusea recorría su espina dorsal hasta la nuca. Se sintió mareada y desorientada. La luz de la suite era demasiado brillante, como un resplandor agresivo que lastimaba sus pupilas. A su lado, Luciano comenzó a removerse entre las sábanas de seda. Se frotaba las sienes con torpeza, sumido en la misma confusión neblinosa que ella. Ambos estaban igual de confundidos.
Dante permanecía de pie al pie de la cama. Sus manos temblaban con violencia y su rostro, habitualmente una máscara de control absoluto, lucía desencajado por una furia primitiva.
—¡Karina! —rugió Dante, y aquel grito no fue una llamada de auxilio, sino una condena definitiva que resonó en las paredes de mármol—. ¿Qué estás haciendo en la cama con Luciano?
Karina se incorporó de golpe, aterrada al notar su desnudez bajo el tejido frío de la cam