Leo había regresado de la fiesta con el cuerpo agotado, sintiendo el peso de la falta de sueño en sus párpados, pero con la mente encendida por un fuego nuevo. El recuerdo de la chica del vestido esmeralda, de su aroma a flores silvestres y de la calidez de su cuerpo contra el suyo durante la madrugada en aquel balcón, lo perseguía como una melodía que no podía, ni quería, dejar de tararear. No se habían dicho los nombres, pero él sentía, con la convicción ciega de la juventud, que había encontrado a alguien capaz de cambiar su mundo para siempre.Sin embargo, el sonido estridente de su teléfono rompió el hechizo. Era Karina, su madre, con una voz que vibraba con una alegría desbordante, una energía que contrastaba violentamente con la atmósfera de ensueño en la que él estaba sumergido.—¡Leo, por Dios, ¿dónde estás?! —exclamó ella a través de la línea, casi sin dejarlo respirar y sin permitirle darle explicaciones—. Tu hermana está aquí. Llegó anoche y no podíamos esperar más para ce
Leer más