La fiesta universitaria era un hervidero de luces de neón azules y púrpuras que cortaban el humo denso, música electrónica que hacía vibrar el suelo bajo los pies y una multitud de cuerpos moviéndose al ritmo de la euforia colectiva.
El lugar, una antigua casona reconvertida en centro de reuniones, crujía bajo el peso de la juventud. Leo, recién llegado de su excursión y todavía con la adrenalina del viaje corriendo por sus venas, se dejó arrastrar por sus amigos a la casa donde se celebraba el