El silencio de la noche, profundo y acogedor, y la brisa que movía las cortinas de lino, fueron los únicos participantes de una noche de entrega total y de amor redimido. La habitación estaba apenas iluminada por la luz de la luna que se filtraba por el balcón, bañándolo todo en una plata líquida. Dante no esperó ni un segundo más. Se acercó a ella por detrás, rodeando su cintura con una fuerza protectora y aspirando el perfume de su nuca, ese aroma a orquídeas que lo había perseguido en sus su