Pasaron los meses y la mansión Ashworth recuperó un bullicio que, aunque distinto al de antaño, logró disipar el aura de tragedia que los precedió por años. Sentados a la mesa del gran comedor, Dante observa con orgullo a los dos jóvenes frente a él. La madurez transformó a los niños en adultos que apenas parecían reconocerse; los juegos infantiles dieron paso a una estatura imponente en Leo y a una elegancia natural en Elena. Habían madurado.
—Elena creció muchísimo, ¿no te parece, Leo? —comen