Leo había regresado de la fiesta con el cuerpo agotado, sintiendo el peso de la falta de sueño en sus párpados, pero con la mente encendida por un fuego nuevo. El recuerdo de la chica del vestido esmeralda, de su aroma a flores silvestres y de la calidez de su cuerpo contra el suyo durante la madrugada en aquel balcón, lo perseguía como una melodía que no podía, ni quería, dejar de tararear. No se habían dicho los nombres, pero él sentía, con la convicción ciega de la juventud, que había encont