El silencio en la mansión de Dante era pesado, como un eco vacío que recordaba a cada segundo que las cosas nunca volverían a ser iguales. Dante caminaba por los pasillos como un fantasma, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.
No era el dolor del hombre que pierde al gran amor de su vida. Su historia con Olivia había sido difícil, llena de sombras y distancias, pero el vacío que sentía en el pecho era real y profundo, un dolor punzante que nacía del amor infinito que le tenía a su hija