Dante no estaba convencido de la invitación que recibió.
Se miraba al espejo del vestidor con una expresión sombría, mientras se anudaba la corbata con movimientos mecánicos y precisos para lucir impecable. Cada vez que ajustaba el nudo, sentía una opresión en el pecho. Para él, asistir a una cena en la nueva casa de Luciano era como entrar voluntariamente en territorio enemigo, una especia de espacio donde las lealtades aún se sentían frágiles y las cicatrices del pasado demasiado frescas.
Hac