Esa noche, la mansión se sentía más fría que de costumbre. El silencio recorría los pasillos como una corriente de aire helado que recordaba la ausencia de Olivia. Olivia podía ser lo que Dante quisiera que fuera, pero la mujer hacía falta. Quizás era su histeria, o era su sombra deambulando. Quizás era sus órdenes o la risa al teléfono, pero hacía falta su sombra en la mansión.
Karina, con muchísima paciencia, se encargó de acostar a Elena, velando su sueño inquieto hasta que, finalmente, la p