La ceremonia tuvo lugar al caer la tarde, en el momento exacto en que el cielo se tiñe de violeta y oro.
El jardín de la recepción estaba iluminado por miles de luces pequeñas que colgaban de los árboles como estrellas cautivas, creando un ambiente de cuento de hadas que suavizaba los rostros de todos los invitados. Mientras los últimos rayos del sol se filtraban por las ramas, el sacerdote comenzó la liturgia con palabras que calaron hondo en el corazón de los presentes.
—El amor —dijo el sace