Marianne sintió cómo su corazón se quebraba en silencio, como si una grieta invisible se abriera en su interior y no dejara de ensancharse.
No podía comprenderlo.
Las palabras de Daniel seguían resonando en su mente una y otra vez, crueles, imposibles, irreales.
“Llámeme solo cuando esté muerta.”
Eso no podía haberlo dicho él. No Daniel.
El hombre que conocía no era así. El hombre que la había mirado con ternura, que le había prometido no abandonarla, que había compartido con ella sus heridas má