Al día siguiente, el amanecer apenas logró filtrarse por la ventana del hospital. La luz era débil, grisácea, como si incluso el sol se negara a entrar del todo en aquella habitación impregnada de dolor.
Marianne yacía recostada en la cama, con el cuerpo inmóvil y el rostro pálido.
Los médicos habían dicho que estaba estable, que el sangrado había cesado y que el bebé, milagrosamente, seguía con vida.
Pero esa palabra —estable— no alcanzaba a describir lo que sucedía en su interior. Porque por d