BIANCANo puedo evitar reír con lo que Matthew cuenta. Es exageradamente expresivo; gesticula, cambia la voz, revive cada detalle como si estuviera ocurriendo otra vez frente a mí.—Es que eso es ridículo —le digo entre risas—. ¿Cómo es eso de que intentaste esquiar sin saber frenar y terminaste llevándote por delante a un instructor… y a una señora?Levanta las manos, defendiéndose.—¡Fue un accidente! Nadie me explicó que girar era tan importante como avanzar. Yo solo bajé… y bajé… y cuando quise parar, ya era demasiado tarde. El trasero del instructor se enterró en mi cara.No puedo evitar reir, al imaginarme aquella escena.—O sea —añado—, ¿me estás diciendo que la solución fue lanzarte al suelo y rodar cuesta abajo como tronco?—Funcionó —dice muy serio—. Perdí la dignidad, pero salvé la vida.Niega con la cabeza, como si todavía no lo superara.—Desde ese día, el instructor me odia. Cada vez que me ve, cambia de pista.Suelto una carcajada más suave, negando.—Definitivamente, n
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