BIANCAEl día soleado me da una paz que no recordaba sentir en este lugar. Caminamos por el centro del pueblo junto a Adrián, mientras Austin va en su coche, lo que nos alivia bastante, porque, aunque intenta caminar por su cuenta, a los pocos minutos ya está pidiendo brazos.El ambiente es el mismo de siempre: gente conocida, tiendas pequeñas, el murmullo constante de conversaciones cruzadas. Todo sigue igual… y aun así, para mí, se siente distinto.Llevo un vestido floreado en tonos pastel, con mis botas y un sombrero a juego, tal como solía vestir cuando vivía aquí. Es casi como si una parte de mí se acomodara de nuevo en este lugar. Adrián, en cambio, va casual, más relajado de lo habitual, aunque se negó rotundamente a usar sombrero, a pesar de que es casi una regla no escrita en el pueblo.—Tienes que aprender a domar caballos —le digo, mirándolo de reojo.Frunce las cejas de inmediato y niega, sin siquiera considerarlo.—Eso se aprende de niño. Yo aprendí a jugar polo… y a caba
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