CAPÍTULO 37 El sedán blindado se detuvo frente a la clínica veterinaria. El contraste era casi cómico: un vehículo de seguridad de alta gama, negro y brillante, nuevo modelo estacionado frente a una casona antigua y un cartel de madera que indicaba el nombre de la clínica veterinaria. Martínez, el chofer, se bajó rápidamente para abrir la puerta trasera, pero Lucía ya estaba luchando con el seguro. — Déjelo, Martínez, yo puedo —dijo ella, bajando a la acera. Sin embargo, el problema no era bajar, sino lo que traía consigo. En el asiento trasero descansaban dos cajas de archivo de cartón reforzado, repletas de carpetas, balances y estatutos corporativos que pesaban más que un San Bernardo adulto. — Permítame, señora —insistió Martínez, tomando las cajas con facilidad, una sobre la otra—. ¿Dónde las dejo? — En la recepción, por favor. Y gracias. Lucía entró a la clínica detrás de él, sintiendo que cruzaba un portal dimensional. Dejaba atrás la Torre Vega, los miles dólares y las
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