CAPÍTULO 20La casa estaba sumida en un silencio respetuoso, muy diferente al bullicio de la gala. Los equipos de limpieza ya habían borrado cualquier rastro de la fiesta.Al llegar al salón de desayuno, Lucía se encontró con que la mesa principal estaba casi vacía. Augusto y Matilde seguramente descansaban en sus habitaciones, y Alexander... bueno, Alexander era una máquina que funcionaba con café y ambición; probablemente llevaba horas en su oficina.Sin embargo, el salón no estaba desierto.Sentada a la cabecera de la mesa, con una taza de té intacta frente a ella y revisando una tablet con el ceño fruncido, estaba Elisa, la esposa de Rodrigo.Al ver entrar a Lucía, Elisa levantó la vista. Su expresión pasó de la concentración a una sonrisa tensa, de esas que no llegan a los ojos.— Buenos días, Lucía —saludó Elisa, alisándose su blusa de seda—. Dormiste bien, supongo. La casa está tranquila ahora que los hombres se han ido a cumplir con sus obligaciones imperiales.— Buenos días,
Leer más