CAPÍTULO 40La oficina de Rodrigo De la Vega se convirtió en el búnker de la resistencia.Roberto De la Vega, sentado en el sillón principal como si fuera un trono que se negaba a abdicar, miró fijamente a Fernando Castillo. El abogado estaba de pie, nervioso, ajustándose una corbata que parecía asfixiarlo. Rodrigo caminaba de un lado a otro, su actividad favorita últimamente.— Fernando —dijo Roberto con voz grave—, necesitamos que la mantengas controlada. Eres el Director Legal, por ahora. Todos los papeles pasan por ti.— Lo sé, Roberto —respondió Fernando, pasándose un pañuelo por la frente—. Pero no es tan sencillo.— ¡Tiene que ser sencillo! —explotó Rodrigo, deteniéndose—. Que la vigilen. Pon a tu gente de confianza en su secretaría. Quiero saber qué lee, con quién habla y, sobre todo, qué documentos pide.Fernando soltó una risa seca y desesperada.— Será muy difícil, Rodrigo. Alexander no la deja ni un segundo. Se ha convertido en su sombra. Ha suspendido su agenda para ser s
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