CAPÍTULO 30
Alexander no aguantó más. Dejó a Lucía en la mansión y salió sin dar explicaciones, subiéndose a su Aston Martin con la necesidad imperiosa de huir.
Conducía sin rumbo fijo por la autopista, aturdido por la velocidad y por sus propios pensamientos. Tenía celos. Y lo peor de todo es que su mente lógica le gritaba que no tenía derecho a tenerlos. Era un contrato. Era una farsa. Ella era libre de amar a quien quisiera, siempre que fuera discreta.
Pero su corazón, ese órgano traicionero