Su abierto desafío en la sala de entrenamiento, ese puño diminuto e impotente golpeando con desesperación mi pecho firme, había sido la gota definitiva que colmó el vaso de mi paciencia. No se trataba únicamente de la evidente mentira que rodeaba a su supuesta enfermedad, sino de la intolerable audacia de utilizar mi propia autoridad y mis debilidades biológicas como un arma de manipulación en mi contra. Me había llamado torturador en mi propia cara. Y lo peor de todo, lo que verdaderamente me retorcía las entrañas con saña, era que, en parte, ella tenía toda la razón.Regresé a mi oficina privada a pasos agigantados, cerrando la puerta principal con una violencia silenciosa pero contundente. En mi interior, el canal invisible del Vínculo ardía al rojo vivo, exigiendo de forma simultánea dos cosas contradictorias: que volviera de inmediato a su habitación para castigarla severamente por su insolencia y, al mismo tiempo, que la estrechara entre mis brazos para consolarla por su profund
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