Abro y cierro la puerta sin pensarlo demasiado, casi como un reflejo.Se fue.El pequeño eco de sus pasos bajando por las escaleras se apaga rápido, y el silencio del apartamento vuelve a caer encima de mí. Me apoyo en la puerta por dentro, respiro hondo y dejo salir todo el aire que no solté mientras él estuvo aquí.Huele a salsa, a humedad y a algo más... a él, todavía.—Ya está —murmuro para mí—, se acabó.Camino hasta la mesa, recojo un plato, luego otro. Mis manos se mueven en automático.Lavo, enjuago, guardo. Es mi forma de fingir que nada pasó, que no hubo un hombre como Andrew Palvin sentado frente a mí, comiendo pasta barata en mi mesa coja.Que no me miró como si, por un segundo, yo no fuera invisible.Abro la nevera para guardar el resto del queso, y justo en ese momento, suena de nuevo.Tres golpes suaves. Conocidos.Me quedo congelada.No puede ser.El corazón me da un vuelco estúpido. Quiero ignorarlo, pero vuelve a sonar, un poco más firme. Tres golpes iguales.Camino
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