GRACIASLa luz entra sin ruido, medida, como si ella también dudara en atravesar lo que queda de otro mundo. Abro los ojos lentamente. Cada latido me recuerda la noche anterior, los gritos, el vacío. El olor a desinfectante, el zumbido mecánico, la respiración de Ezran: todo tiene la claridad de un hecho constatado. Aquí no hay curación.Él está sentado, inmóvil, las manos hundidas en sus rodillas. Su rostro está marcado por el insomnio; sus rasgos llevan la sequedad de quien ha sido testigo de un colapso y aún busca un paso para remontar. Cuando levanta los ojos, hay en su mirada una espera casi infantil: la esperanza de que una palabra, una señal, haga regresar lo que se ha derrumbado.— Hola, dice, como si pronunciar mi nombre pudiera coser lo que está desgarrado.Busco mi voz. Regresa a medias. Las palabras se apilan unas sobre otras, pesadas, ajenas. Al final, hablo porque el silencio me pesa más que el dolor.— ¿Qué nos va a pasar ahora? mi voz se quiebra, pregunta simple, sin a
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