MARIUS
No me he movido ni un milímetro desde que pronunció su última frase. El silencio es pesado, saturado de electricidad. Solo el tic-tac del reloj de la sala se atreve a respirar entre nosotros, cada tic me regresa a ese momento preciso en el que todo cambió.
Inès me observa fijamente, pero sus ojos han cambiado. Detrás de la ira se ha abierto una grieta, un vacío negro que aspira todo lo que nos quedaba. Su mandíbula tiembla, no de cansancio, sino de una rabia contenida, lista para explota