MARIUSEl vacío del apartamento me oprime la garganta. Cada objeto, cada mueble me recuerda la mentira. La felicidad fingida. La comedia sórdida que Inès ha representado durante meses. La imagen del tampón, arrojado a sus pies, está grabada a hierro candente en mi mente. Pero es otra imagen, más antigua, más dolorosa, la que vuelve a la superficie, aplastante.Gracias. Su rostro, aquella noche, hace meses, cuando la eché. La había insultado de todas las maneras, reprochándole su supuesto distanciamiento, su frialdad. La había acusado de engañarme. La había puesto de patitas en la calle, mientras ella intentaba decirme algo, con los ojos llenos de lágrimas. «Marius, por favor, escúchame…»No la escuché.Unas semanas más tarde, me contaron que había sido agredida. Golpeada por unos desconocidos. Había perdido a su bebé. Nuestro bebé.Y yo, corroído por la vergüenza y la culpa, no fui a verla. Me dije que estaba mejor sin mí. Que yo era la causa de su desgracia por haberla echado. Me hun
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