Dos meses despuésGraciasEl embarazo avanza, y con él, una serenidad que nunca habría creído posible. Nuestra pequeña hija crece, y su energía tranquila colorea nuestros días. Ézran es un marido atento, casi demasiado, pero su solicitud se ha convertido en un dulce hábito. Ha hecho de nuestra casa una fortaleza de bienestar, y yo me siento en ella segura, amada, protegida.Sin embargo, a pesar de esta felicidad, una pequeña melancolía persiste. Una ausencia. La de un rostro familiar. Mi propia madre murió hace años, dejándome sola frente al mundo y a la frialdad de mi familia política. La última conversación con Elena, la madre de Inés, mi hermanastra, me marcó. Había pedido perdón, pero el abismo cavado por los años de preferencia y el drama reciente parecía infranqueable. Desde entonces, el silencio.Una tarde, mientras ordeno cosas para la habitación del bebé, un sobre sobrio deslizado bajo la puerta atrae mi atención. Sin sello, sin remitente. Solo mi nombre. Una aprensión fría m
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