LIDIA
El café está demasiado caliente, demasiado amargo. Lo bebo igual, quemándome la lengua, esperando que el dolor físico ahogue el incendio de rabia que me consume. La taza de porcelana blanca tiembla ligeramente en mi mano. La dejo sobre el platillo con un golpe seco.
Inés está frente a mí, su rostro anguloso deformado por una frustración malsana. Sus dedos tamborilean nerviosos sobre el mantel de papel.
— No puedo creerlo —silba entre dientes—. Después de lo que montaste… después de la esc