ÉzranLa conciencia regresa a mí no como un asalto, sino como una marea lenta y suave. Va borrando poco a poco los últimos sueños para sustituirlos por una realidad mucho más dulce. La primera sensación es su calor. Está acurrucada contra mi costado, su cabeza encajada en el hueco de mi hombro, uno de sus brazos apoyado a través de mi pecho en un gesto de posesión tranquila. Su aliento regular acaricia mi piel, un pequeño viento cálido y vivo.Permanezco inmóvil, conteniendo mi propia respiración, por miedo a romper la perfección de este instante. La luz del amanecer, rosada y dorada, se filtra a través de las contraventanas, trazando rayas de fuego sobre las sábanas arrugadas y sobre la curva pálida de su espalda. El aire es pesado, saturado del perfume de nuestro amor, del sudor y del olor único de su piel.Mis ojos se cierran un instante, abrumado por una felicidad tan aguda que casi duele. Es una sensación de paz tan profunda, tan completa, que parece irradiar de la más mínima par
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