John se había quedado a un costado del salón, rodeado de hombres de negocios. Trajes oscuros, relojes caros, copas en la mano. Las conversaciones se cruzaban entre números, acuerdos y sonrisas calculadas. Él se movía con naturalidad entre ellos, estrechando manos, inclinando apenas la cabeza, ejerciendo ese tipo de autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse. Danna aprovechó ese momento. Se alejó unos pasos, como si necesitara distraerse, y se dirigió a la mesa del bufete. La mesa era larga, cubierta con un mantel blanco impecable. Sobre ella, bandejas de plata con bocaditos perfectamente alineados: pequeños canapés, brochetas diminutas, copas con postres elegantes. El aroma era suave, agradable. Tomó un plato pequeño y, casi sin pensarlo, agarró varios bocaditos. Comenzó a comer despacio, uno tras otro. Durante unos segundos se olvidó de dónde estaba, de quién la había llevado allí, de las miradas alrededor. Solo masticaba, respiraba, intentaba sentirse normal. —No
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