Danna salió de la habitación con pasos lentos, casi contenidos, como si el aire pesara más de lo normal alrededor de su cuerpo. El vestido rojo se ajustaba a ella con una elegancia peligrosa, abrazándole la cintura, cayendo con fluidez sobre sus caderas. La abertura en la pierna dejaba ver apenas lo suficiente al caminar, no vulgar, no provocativa en exceso… pero imposible de ignorar. El escote, sencillo y preciso, realzaba su cuello y clavículas, esa zona que siempre delataba su vulnerabilidad. Su cabello caía suelto, con ondas suaves que rozaban su espalda. El maquillaje era discreto, pero afinaba sus rasgos, resaltando la profundidad cansada de sus ojos. No parecía una mujer que iba a una gala. Parecía una mujer que había sobrevivido demasiado… y aun así seguía siendo hermosa. John —Jonh— estaba de espaldas, revisando algo en su teléfono, cuando sintió su presencia. No escuchó pasos, no escuchó la puerta. La sintió. Se giró. Y se quedó sin aliento. Por un segundo, no supo
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