CAPÍTULO — Lo que no se puede deshacer Gabriel no salió de la jefatura en silencio. Pidió hablar con los detenidos sin levantar la voz, sin exigir nada, como quien ya no necesita permiso porque no tiene nada que perder. Lo dijo con una calma firme, contenida, imposible de discutir. No había desafío en su tono, pero sí una determinación que incomodaba. Los agentes se miraron entre ellos durante un segundo apenas perceptible, evaluando esa presencia que no gritaba ni imploraba. Finalmente, uno asintió y le indicó que lo siguiera. Caminaron por un pasillo angosto, de paredes frías, gastadas por los años, iluminado por luces blancas que no perdonaban ni sombras ni mentiras. El eco de los pasos rebotaba con un sonido seco, metálico. El aire olía a encierro. A derrota. A finales que ya no tenían marcha atrás. Gabriel sintió el peso de ese lugar en el pecho, pero no desaceleró. Cada paso era consciente. Cada respiración, medida. Cuando llegó frente a las celdas, los vio. Mauro estaba
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