CAPÍTULO 96 — Lourdes Lourdes estaba en la jefatura desde hacía horas. No se había movido de ahí porque no podía. Porque sentía que, si se iba, si dejaba ese espacio, algo se iba a escapar de sus manos. Su padre seguiría internado unos días más, eso lo sabía, y ese pensamiento le martillaba la cabeza como un recordatorio constante de por qué estaba ahí, de qué lado estaba parada. Tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que le dolían los hombros. No era una postura defensiva. Lourdes era abogada en defensoría penal, conocía de memoria los gestos del miedo, de la mentira, de la estrategia. Pero en ese momento no estaba ejerciendo solo como profesional. Estaba ahí como hija. Como alguien que había visto a su padre destrozado en una cama de hospital por decisiones ajenas. Era contención pura. Si soltaba los brazos, lo sabía, iba a temblar… o iba a hacer algo de lo que después no se iba a perdonar. Y, como mujer, estaba totalmente decepcionada. Martín estaba casi frente a ella. C
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