CAPÍTULO 93 — La otra cara de la noche
La comisaría no tenía nada de solemne. Los bancos eran duros y había un olor a encierro que se metía en la piel y no se iba, queriendo quedarse para recordarles a todos que ahí dentro no existían los privilegios para nadie.
Rosa caminaba de un lado al otro con el celular apretado en la mano, marcando números sin parar. Su voz ya no tenía ninguna autoridad; tenía urgencia.
—Sí, soy Rosa Fontes… necesito que se haga cargo del caso de mi hijo… sí, ahora… no